jueves, 22 de mayo de 2008

La intro


Y me negué durante no se cuántos años, hasta que me convencieron... yo no debería estar aquí, pensé esta mañana, cuando por diferentes circunstancias terminé haciendo un blog. La pregunta ahora es... cuál es la idea de esto? La respuesta: NINGUNA. Veremos si se arregla la carga sobre el camino; de todas formas se que soy lo suficientemente idiota para poder entretener mínimamente al que se acerque a este "humirde" pasquín de cuarta.

Por otra parte, como tema introductorio, hablaré de lo que me plazca (que más o menos será el patrón de conducta para este blog). Así que partiré con lo que primero me venga a la mente; las ideas reposadas son pésimas para la improvisación.

Alguna vez han comido ese queso que es como... no se... súper fuerte de sabor? Hay quesos que sencillamente no me gustan... yo creo que va por el olor, aunque debo reconocer que de esos con olor a pie sudado de deportista enérgico, algunos saben bien. Me quedo con el queso mantecoso... su textura lo hace ideal tanto derretido como no. Por otra parte, el queso cheddar (o si prefieren llamarlo queso inmortal, queso de vitrina, queso plástico, queso de mentiritas, etc.) se me pega al paladar cuando lo como pero no es tan malo.

El queso gauda es como el cheddar, pero de los pobres, o eso supongo si en el McRonald te cobran como 1000 pesos por torreja adicional. Hablando de quesos, recordé dos experiencias de pobreza tirando para inopia. La primera, cuando comí pan con queso rallado... si le echas harto, no se nota la diferencia... la segunda, cuando comí accidentalmente pan con cáscara de queso... no estaba tan malo, aunque el sabor del papel del envoltorio es altamente empalagoso (ah, si, como no).

Ahora, pasando a los más excecrables tipos de queso que he tenido el disgusto de conocer (entiéndase que es bajo mi criterio poco formado que formulo estas sentencias). El primero, el queso crema (en especial el Colún). La más deleznable emulación de aquel delicioso manjar de leche cuajada... el siguiente, el queso de esos redonditos que vendían en papel metalizado, del tamaño de un alfajor (nombre técnico en búsqueda). Se veía tan rico al comienzo, pero luego me hostigaba (no así el simplón chanco, que podría comerme medio kilo sin empacho). En último lugar, el queso blanco con hongos... para mi gusto una aberración culinaria (me mataran los gourmette), pero que otros de lengua más estilizada llaman el Roqueforte. Sinceramente, no comería nada con moho (en mis proletarios conocimientos culinarios, moho=descompuesto, cercano al límite de la putrefacción).

Como verán no hay ningún tema al limpio y los señores lectores se habrán dado cuenta que mi sentido gustativo podrá diferir o convenir con el suyo... de todas maneras, surge la siguiente pregunta incoherente e inconexa de todo esto... y porqué la galleta de avena?

La respuesta a esta interrogante, en la próxima entrada...