miércoles, 31 de julio de 2013

Cuaderno, lluvia, reunión.

¿Realmente lo necesitas? - preguntó ella. Así fue como nos conocimos en verdad. Era un día de lluvia, como esos que me gustan; con el cielo oscurecido por nubes grises, las calles como espejos de plata reflejando los transeúntes  y los buses escasos, pero oportunos. Me miraba con una cara de incredulidad, como si no estuviese segura de mis propias necesidades, como si no pensase que alguien más lo quisiera, como si no hubiese ninguna chance de que existiese alguien más así en el mundo.

Me quede callado un rato, pensando la respuesta. Ciertamente lo quería, pero tampoco deseaba que pensase estaba desesperado. Carraspeé un poco, no sería extraño; estaba frío y perfectamente podría estar algo congestionado. La mire a los ojos y con una sonrisa respondí - Si, claro, buscaba algo como eso... ¿acaso es muy extraño?

Al parecer fue la respuesta correcta, porque su cara se iluminó como si le hubiesen dicho el mejor cumplido. Movió la correa de su bolso de forma de dejarlo frente a ella y revolvió su contenido. Por un segundo pensé que sacaría un revólver y me diría algo como - ¡¡Ahora es tiempo de morir, perra!! - pero siempre me imagino ese tipo de cosas raras; mi imaginación es algo volátil y, a veces, inoportuna. Parecía que había un montón de cosas en su pequeña cartera que pese a su engañoso tamaño, seguro debía tener un espacio extradimensional en su interior... ya había experimentado con mi madre el poder espacial de un bolso de chica.

Sacó el cuadernito. Se veía bastante ajado, con algunas tiras de papel deslizándose fuera de sus tapas. Tenia un montón de rayas y garabatos marcando unas tapas de cartón corrugado; algunos dibujos, y manchas de café. Era tal como me lo esperaba.

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La historia de cómo llegué a este lugar es básicamente un misterio, pero me gustaba leer lo que escribía esa niña. Siempre pensé que con las cosas que escribía, debía tener una croquera bastante chula, y así lo era. En algún momento el diario mural del colegio se empezó a llenar de cuentos que solo yo parecía leer. Averiguar de quien eran fue un poco difícil; más tratando ella de esconderse, pero valió la pena. Después de poner yo mismo un cuento empezamos a comunicarnos a través de ese diario mural.

Era lo más extraño que había hecho hasta ese entonces, pero a nadie le interesaba. Un diario mural en medio del colegio era solo un espacio que nadie hoy en día leía. Un día me dijo juntémonos en la biblioteca, y ahí la conocí. O volví a conocer. Ya la había visto muchas veces antes, deambulando por los pasillos de la biblioteca, cuando había ido a sacar los comics que me gustaban, pero siempre pensé que una persona así no querría acercarse a nadie... y tenía razón.

Con algo de disgusto me miró y exclamó - ¡¿Qué clase de broma es ésta?! - casi bufando sobre mi, al darse cuenta de la obviedad que yo fuese, en aquel momento el único en la biblioteca, cuando ella esperaba al chico con el que se comunicaba a través del diario mural. - No es ninguna broma - dije - yo soy quien escribía - agregué. No estaba faltando a la verdad, pero sentía que había algo que no encajaba. Lógicamente lo entendí luego, cuando me dejó otro pedacito de papel como los que colocaba en el diario mural, y se marchó rauda de donde estábamos.

El papel tenía un lindo cuento sobre un día de lluvia, un chico caminando bajo ésta y una niña esperándolo. La niña le entregaba el cuaderno en el cual escribía cuentos, y mundos, y sueños. El niño lo recibía con una sonrisa, como si fuese la cosa más linda del mundo. Lo entendí perfectamente. Al día siguiente hubo sol. Y al siguiente, y al siguiente. Y así fue por varias semanas hasta que un día se nubló. Me alegré para mis adentros, me encantan los días así. Me fui a acostar mientras escuchaba la lluvia caer y cerré los ojos, sabía lo que tenía que hacer al día siguiente.

Mañana, quizás, me tocaría escribir el cuento a mi.


sábado, 20 de julio de 2013

Prisma

He pensado mucho las cosas. Esta vida de músico es austera, mas no cansina, y eso facilita las cosas. A veces tener tiempo para dormir es tan agradable que puedo hacerlo sin necesidad. Porque ya no me gusta dormir, ni soñar. Soñar es como ver un montón de películas y mundos posibles, o imposibles, de los que actualmente estoy cansado. Prefiero antes de dormir, abrir las cortinas y mirar la luna y adormecerme en ello, y que al día siguiente el sol me abofetee invitándome tentadoramente a hacer algo más que leer una revista o coger el bajo.

Jamás pensé que una vida de dilettante fuese posible y, sin embargo, me encuentro haciendo un montón de cosas para las que jamás me preparé, jamás desee, pero por suerte no me estorban. Parece que a cada momento surge una razón de estar, de hacer, de sentir nuevas experiencias que saben a viejas. Es extraño y enigmático. Jamás en mi vida busqué nada más que estar bien conmigo mismo y hoy en día es como si el mundo me reclamase como suyo, buscándome, pidiéndome mi presencia.

Por eso es que no he sido ingrato y ha sido una tremenda ventaja el poder moverme sobre las olas como si una corriente invisible me meciese y me diese unas alas que aparentaron estar invisibles. Miro hacia adelante, porque mi cola arde en llamas desde que mi cuerpo se convirtió en una estrella fugaz. Esos espacios vacíos que veo en mi entorno, son solo ubicaciones que por alguna razón no he sabido explicar, ni quiero, puesto que cada engranaje del sistema articula mi propio entendimiento de la situación; mañana lo sabre, es seguro.

A veces pienso que fue justo salir de un lodazal. No se puede culpar la envidia, ni a lamentos ajenos, pero hoy poseo la gracia de recibir todo en bandeja de plata, como si la fortuna no parase de girar dándome cosas que jamás poseí... y siempre estuvieron allí. Vivo bien, como bien, no me esfuerzo y aún así siento que hay un desgaste que me deja con buen sabor de boca. Soy necesario, soy importante, y lo que es más, he sido capaz de desprenderme de los lastres que me impedían el vuelo.

Pero siempre habrá algo allí... ¿Será la duda? ¿Será una ilusión? No se cómo el despertar puede ser tan brusco, si aún no me mantengo en un tremendo sueño. Si vivo en sueño, o sueño en vida es algo complejo... jamás esperé que lo onírico tuviese mayor participación, y hoy en día me hago el tonto, para que todo caiga sobre su peso. No me motiva dejar mi marca, ni tomar el timón; sólo vengo a jugar y a cantar.

Entonces ...

Cuándo...

Los finales...

Se abren...

Y veo pasar las locomotoras escupiendo su humo en mi cara, y me despierto. No me conozco hoy en día, pero no siento esa angustia ni la ansiedad. ¿He despertado, o finalmente he muerto? ¡¡A quién le importa!!
Sinceramente me alegro que sea irrelevante, quizás en alguna parte del camino perdí todo aquello que me llamaba a pensar, pero hoy en día tengo un espejo que me muestra el futuro. Puede ser una posesión menos bonita, pero la amo. Se llama libertad.

Cuando sea un viejo de mierda, mi mecedora no se moverá. No necesito sentir el vaivén de las cosas para adormecerme. Dormiré y soñaré despierto, y viviré varias veces. Al final todo es como un gran prisma. La luz la pongo yo, déjame darte los colores. No necesito la doctrina del conquistador ni demostrarme a mi mismo con la derrota de nadie lo que puedo hacer, ni gemir mi decepción, ni tomar la hoja para matar mi aval. Soy agradecido, mañana tocaré una canción y sonará para siempre, porque lo haré bien.

Siempre...

 Los bosques...

El mar...

Y la melodía que no para...

El viento...

Una necesidad...

Open your eyes :)

domingo, 31 de marzo de 2013

Cuando el fénix vuela

Siempre que miro el fondo de aquel valle, veo fuego. Veo un resplandor ocre y unas cuantas siluetas opacadas por las flamas que consumen todo. Siento que todo se derrite en un infierno inventado por mis propios fantasmas, y que calcina sólo para hacerme sentir bien y mal conmigo mismo. Porque mis lágrimas queman y sanan, y lo que supo a hiel hoy no es más que ceniza.

Me he levantado envuelto en un manto rojo que se ha prendido incandescentemente por el resto de mis días, que son eternos, que no acaban sino hasta que yo lo diga, y que aún así no tienen un ajuste claro, ni una medida contada. Por fin he levantado el vuelo sacudiéndome el hollín que he dejado en derredor, para decir que estuve en alguna parte, y que terminará falseado por el carbón en el que vivo.

Soy un fénix, que no importa cuanto arda, sabrá volver. Mis plumas resplandecen por el amanecer en el que nazco, por la noche a la que canto un réquiem y por las cabezas que voy cercenando. 

Soy un fénix, y soy eterno. No tengo pasado al que mirar, porque las llamas se lo han llevado a posta del infierno que hubo antes. 

Soy un fénix, porque sonrío e ilumino la noche y soy la carroza de Helio que acompaña los viajes crepusculares. Vivo, siempre vivo. Las muertes no son más que un instante ceniciento que sólo marcan un punto en la eternidad.

He viajado tanto, he ganado la sonrisa fácil y bribona en medio del vuelo. El horizonte se expande, la vida continúa, los abismos se cierran y tengo frente a mi un metal por escaldar. Forjar la espada, o el cepo, o la corona con que premiaré mi tenue fogata.

Y no doy gracias a nada, no lloro por nada, no temo por nada, sólo vuelo y sonrío, y consumo todo en un fuego infinito, que huele a azafrán y a azufre; que tiene un sopor nauseabundo y sin embargo parece fresco; que nace y vive, y muere, y vuelve a vivir eternamente. Porque no puedes quemar a un fénix, sólo puedes refrescarlo y recordarle que está vivo; y porque a fin de cuentas no puedes encarcelarlo, sólo invitarlo a pasar antes de que se marche.

Soy un fénix cuyas alas son robustas, por el trabajo duro, por el aprendizaje, por la fortuna, por el fuego, por su fuerza inmortal.

Y porque soy un fénix, no desespero; porque nada espero, porque mi vida sigue y continuará por donde pase, y porque cada brasa es un nuevo despertar. Porque finalmente mi mecha no se apagará. Porque tengo ganas de romper el viento y declarar un infierno que hemos de disfrutar como el rocío de la mañana.

Y siento como si todo fuese mejor, como que el viaje no hace más que continuar y que la diversión recién empieza. No puedes retener a un fénix. Sus alas son como el agua, pero con el calor del sueño. 

Y cuando miro todo, desde el aire, con mi vuelo tranquilo y mi mente en paz. Veo lagos, veo prados, veo el fuego de la vida, en el que me he de consumir una y otra vez, porque no hay un límite en el arder, sino sólamente lentos despertares. Y porque el cazador o el verdugo no pueden hacer nada, simplemente mirarte en la lejanía, y dormir, y soñar, y sonreír. 

Te verás a ti mismo, en el sueño de un pequeño niño que desea volar. Y verás que el aire no es tan ligero, y que el fuego te eleva, y las llamas te consumen, y te vuelves un ave dorada que aprende a mover sus alas. Entonces entenderás que no hay sombra suficiente para tanta luz. Estarás en paz, y arderás como una estrella por siempre.

Por eso soy un fénix, no hay muchas más vueltas que darle...