Siempre que miro el fondo de aquel valle, veo fuego. Veo un resplandor ocre y unas cuantas siluetas opacadas por las flamas que consumen todo. Siento que todo se derrite en un infierno inventado por mis propios fantasmas, y que calcina sólo para hacerme sentir bien y mal conmigo mismo. Porque mis lágrimas queman y sanan, y lo que supo a hiel hoy no es más que ceniza.
Me he levantado envuelto en un manto rojo que se ha prendido incandescentemente por el resto de mis días, que son eternos, que no acaban sino hasta que yo lo diga, y que aún así no tienen un ajuste claro, ni una medida contada. Por fin he levantado el vuelo sacudiéndome el hollín que he dejado en derredor, para decir que estuve en alguna parte, y que terminará falseado por el carbón en el que vivo.
Soy un fénix, que no importa cuanto arda, sabrá volver. Mis plumas resplandecen por el amanecer en el que nazco, por la noche a la que canto un réquiem y por las cabezas que voy cercenando.
Soy un fénix, y soy eterno. No tengo pasado al que mirar, porque las llamas se lo han llevado a posta del infierno que hubo antes.
Soy un fénix, porque sonrío e ilumino la noche y soy la carroza de Helio que acompaña los viajes crepusculares. Vivo, siempre vivo. Las muertes no son más que un instante ceniciento que sólo marcan un punto en la eternidad.
He viajado tanto, he ganado la sonrisa fácil y bribona en medio del vuelo. El horizonte se expande, la vida continúa, los abismos se cierran y tengo frente a mi un metal por escaldar. Forjar la espada, o el cepo, o la corona con que premiaré mi tenue fogata.
Y no doy gracias a nada, no lloro por nada, no temo por nada, sólo vuelo y sonrío, y consumo todo en un fuego infinito, que huele a azafrán y a azufre; que tiene un sopor nauseabundo y sin embargo parece fresco; que nace y vive, y muere, y vuelve a vivir eternamente. Porque no puedes quemar a un fénix, sólo puedes refrescarlo y recordarle que está vivo; y porque a fin de cuentas no puedes encarcelarlo, sólo invitarlo a pasar antes de que se marche.
Soy un fénix cuyas alas son robustas, por el trabajo duro, por el aprendizaje, por la fortuna, por el fuego, por su fuerza inmortal.
Y porque soy un fénix, no desespero; porque nada espero, porque mi vida sigue y continuará por donde pase, y porque cada brasa es un nuevo despertar. Porque finalmente mi mecha no se apagará. Porque tengo ganas de romper el viento y declarar un infierno que hemos de disfrutar como el rocío de la mañana.
Y siento como si todo fuese mejor, como que el viaje no hace más que continuar y que la diversión recién empieza. No puedes retener a un fénix. Sus alas son como el agua, pero con el calor del sueño.
Y cuando miro todo, desde el aire, con mi vuelo tranquilo y mi mente en paz. Veo lagos, veo prados, veo el fuego de la vida, en el que me he de consumir una y otra vez, porque no hay un límite en el arder, sino sólamente lentos despertares. Y porque el cazador o el verdugo no pueden hacer nada, simplemente mirarte en la lejanía, y dormir, y soñar, y sonreír.
Te verás a ti mismo, en el sueño de un pequeño niño que desea volar. Y verás que el aire no es tan ligero, y que el fuego te eleva, y las llamas te consumen, y te vuelves un ave dorada que aprende a mover sus alas. Entonces entenderás que no hay sombra suficiente para tanta luz. Estarás en paz, y arderás como una estrella por siempre.
Por eso soy un fénix, no hay muchas más vueltas que darle...
No hay comentarios:
Publicar un comentario